Tengo que confesar que aparte de mi gran pasión por el vino, desde que siendo niño veía a mi padre hacer vino, trasegarlo, catarlo... siempre tuve un gran sueño: elaborar un vino y enseñarlo por el mundo. Con el tiempo empecé a creer que eso era posible y que merecía la pena intentarlo. Entendí que el camino para conseguir ese sueño era el camino de la calidad, el de hacer un vino distinto, expresando la personalidad propia del terruño.
Creo sinceramente que el propio convencimiento, la ilusión y sin duda una buena dosis de esfuerzo hicieron posible que mi sueño se haya venido cumpliendo poco a poco. Voy a seguir trabajando para que se siga cumpliendo y por supuesto voy a seguir soñando. En la Edad Media, Toro ya era uno de los núcleos vitivinícolas más importantes de España. Su tradición no era a mi juicio, incompatible con las ideas y las técnicas más modernas. Demostrarlo ha venido siendo mi empeño en los últimos años. Hemos construido bodegas nuevas, equipadas con la más moderna tecnología y establecido nuevos criterios de vendimia y elaboración a partir de la misma uva de siempre, la Tinta de Toro.
Hoy son mis hijos, la tercera generación de bodegueros, quienes recogen mi testigo ante un horizonte que se vislumbra tan apasionante como lo ha sido el camino hasta ahora recorrido.
Manuel Fariña |